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La NBA tiene todo para cuidar a sus jugadores. ¿Por qué siguen lesionándose?

Writer: Alexander Cruz
Alexander Cruz
5 minutes ago
14 min read


Con millones invertidos en tecnología, medicina deportiva y preparación física, las lesiones continúan condicionando temporadas y carreras. Detrás de cada jugador que abandona la cancha existe una conversación mucho más amplia sobre las exigencias del baloncesto, la recuperación y lo que realmente significa preparar a un atleta para competir.


Cada vez que comienza una temporada de la NBA, las expectativas vuelven a crecer. Los aficionados analizan los cambios de plantilla, discuten qué equipos tienen posibilidades de ganar el campeonato y comienzan a imaginar quién será el próximo MVP. Durante las primeras semanas, cada victoria parece confirmar una predicción y cada derrota provoca nuevas dudas sobre el futuro de una franquicia.


Pero hay otra conversación que aparece incluso antes de que algunos equipos encuentren su ritmo de juego. Un jugador importante comienza la temporada recuperándose de una lesión, otro abandona un partido después de una jugada aparentemente normal y, de repente, un equipo que parecía preparado para competir tiene que reorganizar sus planes. Las noticias dejan de concentrarse exclusivamente en los resultados y comienzan a girar alrededor de diagnósticos, tiempos de recuperación y posibles fechas de regreso.


Detrás de cada una de esas noticias hay una realidad que muchas veces se pierde entre las estadísticas. Un jugador lesionado no solamente deja de participar en partidos; también puede perder continuidad, oportunidades de desarrollo y parte del trabajo que realizó durante meses para llegar preparado a la temporada. Para algunos, la recuperación transcurre según lo esperado. Para otros, comienza un proceso mucho más complicado, lleno de incertidumbre sobre cuándo podrán regresar y si recuperarán el nivel que tenían antes de lesionarse.


Lo interesante es que estamos hablando de una de las ligas deportivas con mayores recursos del mundo. Los jugadores de la NBA tienen acceso a médicos especializados, terapeutas atléticos, preparadores físicos, nutricionistas, instalaciones de entrenamiento y tecnologías capaces de recopilar información sobre diferentes aspectos de su preparación y recuperación. Las franquicias invierten importantes recursos en cuidar uno de sus activos más valiosos: la salud y disponibilidad de sus jugadores.


Con todo eso a su disposición, resulta comprensible preguntarse cómo es posible que las lesiones continúen teniendo tanto protagonismo. La respuesta requiere mirar más allá de la tecnología, los tratamientos y las decisiones que se toman cuando un atleta ya está lesionado. También exige comprender qué ocurre dentro de la cancha y hasta dónde puede llegar realmente la preparación física.


Un deporte que no permite controlar todas sus exigencias


Imagina a un jugador defendiendo una posesión durante los últimos minutos de un partido cerrado. Su oponente cambia de dirección, obliga a una aceleración lateral y, apenas unos segundos después, aparece una ayuda defensiva que requiere detenerse y volver a desplazarse. Cuando finalmente parece terminar la jugada, llega un lanzamiento, un salto para disputar el rebote y un aterrizaje en medio de varios jugadores.


Todo ocurre en cuestión de segundos. No existe tiempo para pensar conscientemente en la posición de cada articulación, calcular las fuerzas que recibirá el cuerpo o preparar una técnica perfecta para cada movimiento. El atleta responde a lo que está ocurriendo, utilizando las capacidades físicas, perceptivas y de coordinación que ha desarrollado durante años de entrenamiento y competencia.


Esa es una de las características que hacen del baloncesto un deporte extraordinario, pero también una de las razones por las que resulta imposible eliminar completamente la posibilidad de lesionarse. Acelerar, desacelerar, saltar, aterrizar, cambiar de dirección y absorber contacto físico forman parte del juego. Las demandas cambian constantemente según la velocidad de la acción, la posición del jugador, el comportamiento de sus oponentes y las decisiones que debe tomar.


Un programa de entrenamiento puede mejorar la fuerza, la potencia, la capacidad de desaceleración y otras cualidades importantes para competir. Lo que no puede hacer es anticipar cada situación que ocurrirá durante un partido. Incluso un atleta extraordinariamente preparado puede sufrir una lesión cuando las circunstancias de una jugada superan momentáneamente su capacidad de respuesta o cuando intervienen factores que están fuera de su control.


Tener acceso a los mejores recursos no significa ser inmune a las lesiones. La preparación física puede contribuir a reducir determinados riesgos, pero no puede eliminar la incertidumbre que acompaña a un deporte dinámico, exigente y de contacto.


Lo que realmente dicen las estadísticas de lesiones en la NBA


Las lesiones de las grandes estrellas reciben atención inmediata. Una lesión durante un partido televisado puede generar titulares durante varios días, mientras que otras ocurren lejos de las cámaras, durante entrenamientos o en jugadores que reciben menos minutos. Esa diferencia en visibilidad puede influir en la percepción que tenemos sobre la frecuencia de las lesiones.


Es fácil mirar una lista de jugadores ausentes y concluir que cada temporada hay más lesiones que la anterior. Sin embargo, para sostener científicamente esa afirmación hace falta algo más que contar nombres o partidos perdidos. Es necesario considerar la exposición de los jugadores, las tasas de incidencia, el tipo de lesión, su gravedad y los criterios utilizados para registrarla.


Un estudio de Mack y colaboradores, publicado en Sports Health en 2025, analizó registros médicos de la NBA correspondientes a las temporadas 2013-2014 hasta 2018-2019. Los investigadores documentaron entre 1,550 y 1,892 lesiones anuales, incluyendo las registradas en distintos momentos del calendario deportivo. Aproximadamente entre el 34 % y el 39 % de esas lesiones ocasionaron la pérdida de al menos un partido de NBA.


El mismo estudio encontró que alrededor del 73 % de las lesiones que provocaron partidos perdidos fueron de aparición aguda. Entre esas lesiones agudas, aproximadamente el 48 % involucró contacto con otro jugador. Estos resultados permiten comprender la complejidad del problema, aunque una lesión por contacto no significa necesariamente que fuera inevitable, del mismo modo que una lesión sin contacto no demuestra que existiera una deficiencia en la preparación física.


Otra investigación, publicada por Bullock y colaboradores en 2021, analizó información pública correspondiente a once temporadas de la NBA, entre 2008 y 2019. Los investigadores registraron 5,375 episodios de lesiones y enfermedades en 1,369 jugadores. El tobillo y la rodilla estuvieron entre las regiones anatómicas con mayor incidencia de lesiones, mientras que la mediana de partidos perdidos por episodio fue de tres.


Estos números confirman que las lesiones representan una parte importante de la realidad competitiva del baloncesto profesional. Sin embargo, también obligan a tener cuidado con las comparaciones. Los estudios utilizan diferentes periodos, fuentes de información y definiciones, por lo que sus resultados no pueden utilizarse indistintamente para afirmar que las lesiones aumentan año tras año.


De hecho, el estudio de Mack y colaboradores no encontró una tendencia lineal estadísticamente significativa en la tasa de lesiones que provocaron partidos perdidos durante los encuentros entre las temporadas 2014-2015 y 2018-2019. Esto no significa que las lesiones hayan dejado de ser un problema ni describe necesariamente lo que ocurre en la temporada actual. La percepción de un aumento constante debe distinguirse de aquello que los datos realmente permiten demostrar.


La pregunta, entonces, no debería limitarse a cuántos jugadores se lesionan. También debería considerar qué sabemos sobre las demandas que enfrentan, cómo se preparan para responder a ellas y cuáles son los límites de las estrategias utilizadas para reducir el riesgo.


¿Estamos preparando al atleta o solamente administrando su exposición?


Cuando un jugador se lesiona, una de las primeras explicaciones que suele aparecer es que estaba jugando demasiado, que necesitaba descansar o que su cuerpo no había tenido suficiente tiempo para recuperarse. En otras ocasiones ocurre lo contrario: se cuestiona si entrenó lo suficiente, si estaba físicamente preparado o si su programa de fuerza había sido adecuado.


Ambas preocupaciones pueden tener fundamento dependiendo del caso, pero ninguna debería convertirse en una explicación universal. El descanso es necesario para recuperarse de las demandas del entrenamiento y la competencia, pero descansar no desarrolla por sí solo las capacidades físicas que un atleta necesita para responder a esas demandas.


Un jugador puede llegar descansado a un partido y aun así no contar con la preparación necesaria para tolerar determinadas exigencias. También puede ser extraordinariamente fuerte y estar acumulando una fatiga que comprometa su capacidad de rendir. La preparación deportiva requiere entender que desarrollar capacidades, administrar la exposición y permitir la recuperación son componentes relacionados, no estrategias que compiten entre sí.


En 2016, el Comité Olímpico Internacional publicó una declaración de consenso sobre la relación entre la carga deportiva y el riesgo de lesión. El documento reconoce que las cargas elevadas pueden tener efectos positivos o negativos dependiendo del historial de entrenamiento, las características individuales y la manera en que se aplican. También destaca la importancia de considerar los cambios en la exposición y la preparación previa del atleta, sin establecer una cantidad universal de entrenamiento que garantice seguridad.


Esta relación tiene implicaciones importantes para la preparación física. Reducir indiscriminadamente la exposición puede limitar oportunidades de desarrollar las capacidades necesarias para competir, mientras que aumentar las cargas sin considerar la respuesta individual puede crear problemas diferentes. El objetivo no debería ser proteger al atleta de cualquier esfuerzo, sino construir progresivamente una preparación que le permita responder a las exigencias reales de su deporte.


Eso requiere mirar más allá de la cantidad de minutos que juega o de las repeticiones que realiza en el gimnasio. También importa qué tipo de esfuerzos está realizando, con qué frecuencia se expone a ellos, cómo ha progresado su preparación y qué capacidad tiene para recuperarse entre sesiones y partidos.


La carga deportiva no es solamente un número que aparece en una pantalla. Representa una combinación de demandas físicas y respuestas individuales que necesitan interpretarse dentro del contexto de cada atleta.


La fuerza importa, pero no cuenta toda la historia


La preparación física ha ganado un espacio importante dentro del baloncesto moderno. Cada vez es más común encontrar jugadores realizando entrenamiento de fuerza, ejercicios de potencia, trabajo unilateral, saltos, desplazamientos y diferentes estrategias de acondicionamiento. Esta evolución representa una oportunidad para desarrollar atletas con mayores capacidades físicas, pero también exige comprender que ninguna cualidad funciona de manera completamente aislada.


Un jugador puede mejorar considerablemente su fuerza en una sentadilla sin que eso signifique que todas sus necesidades físicas estén resueltas. La fuerza representa una capacidad importante, pero durante un partido también necesita producirla y absorberla en diferentes direcciones, coordinar movimientos a velocidades elevadas y responder a situaciones que no siguen una secuencia previamente establecida.


Preparar a un jugador de baloncesto no debería consistir exclusivamente en aumentar sus marcas dentro del gimnasio. También requiere considerar cómo se desarrollan las capacidades de aceleración y desaceleración, la tolerancia a saltos y aterrizajes repetidos, los cambios de dirección, la condición física y la capacidad de sostener esfuerzos durante la competencia.


Esto tampoco significa que todos los ejercicios deban parecerse visualmente a una jugada de baloncesto. Una sentadilla, un ejercicio de fuerza unilateral o un trabajo de fortalecimiento del complejo tobillo-pie pueden tener un propósito importante sin reproducir exactamente lo que ocurre dentro de la cancha. La selección de ejercicios debe responder a las necesidades del atleta y a las capacidades que se pretende desarrollar, no simplemente a cuánto se parece un movimiento al deporte.


El desafío está en integrar esas capacidades dentro de un proceso que tenga dirección. Un atleta necesita estímulos suficientes para adaptarse, oportunidades para practicar las demandas específicas de su deporte y periodos de recuperación que permitan asimilar el trabajo realizado.


En este proceso, la tecnología puede aportar información valiosa. Las herramientas actuales permiten registrar diferentes indicadores de carga, evaluar determinadas capacidades físicas y observar cambios relacionados con el rendimiento y la recuperación. Sin embargo, disponer de más datos no significa necesariamente comprender mejor todo lo que está ocurriendo.


Dos atletas pueden completar cargas similares y responder de maneras diferentes. Una medición puede describir parte del trabajo realizado, pero necesita interpretarse considerando el historial del jugador, sus capacidades físicas, las demandas competitivas y las circunstancias que rodean cada sesión.


La historia de lesiones, la exposición deportiva, la fatiga y otros factores pueden interactuar de maneras complejas. Ningún dispositivo puede anticipar con certeza si un jugador se lesionará durante su próximo partido. La tecnología debería ayudar a formular mejores preguntas y orientar decisiones, no reemplazar el criterio profesional ni convertirse en una promesa de predicción.


Una conversación que debería comenzar mucho antes de llegar a la NBA


Mientras millones de personas observan lo que ocurre con las lesiones de los jugadores profesionales, hay otra realidad que merece atención. En escuelas, clubes y categorías juveniles también existen atletas que entrenan y compiten bajo exigencias importantes, aunque muchas veces sin contar con los recursos de una organización profesional.

Imagina a un joven que practica con su equipo escolar durante la semana, entrena con un club en las tardes y participa en varios partidos durante el fin de semana. Quizás también recibe entrenamiento individual porque quiere mejorar sus habilidades y conseguir una oportunidad de jugar a un nivel superior. Cada actividad puede tener una intención positiva, pero eso no significa que alguien esté considerando la suma de todas esas exigencias.


El entrenador escolar conoce las prácticas y los partidos de su equipo. El entrenador del club organiza su propio calendario y el entrenador individual trabaja las destrezas que considera necesarias. Mientras tanto, el atleta intenta responder a todo, muchas veces sin que exista una planificación coordinada de su exposición total, su recuperación y sus necesidades físicas.


No todos los jóvenes viven esta situación, pero el ejemplo permite comprender por qué la preparación deportiva no puede evaluarse únicamente a partir de una sesión aislada. El desarrollo de un atleta ocurre dentro de un contexto donde intervienen diferentes entrenamientos, competencias, responsabilidades académicas, periodos de descanso y cambios propios del crecimiento y la maduración.


La evidencia en el baloncesto universitario demuestra que las lesiones tampoco son un problema limitado a la NBA. Un estudio de Morris y colaboradores, correspondiente a las temporadas 2014-2015 a 2018-2019 de la NCAA masculina, encontró que la tasa de lesiones durante la competencia fue aproximadamente el doble de la observada durante las prácticas. El tobillo y la rodilla estuvieron entre las regiones anatómicas más afectadas.


Estos resultados no significan que los atletas jóvenes deban entrenar como profesionales ni que los patrones de lesiones sean idénticos entre categorías. Lo que sí refuerzan es la importancia de comprender las demandas del baloncesto y desarrollar una preparación apropiada para cada etapa deportiva.


En ocasiones, la conversación alrededor del desarrollo juvenil se concentra en conseguir que el atleta juegue más partidos, participe en más torneos o mejore rápidamente sus habilidades. La preparación física termina ocupando un espacio secundario o se incorpora solamente cuando aparece una lesión.


Sin embargo, desarrollar fuerza, coordinación, capacidad de movimiento y tolerancia progresiva a las demandas deportivas debería formar parte del proceso de formación. No se trata de adelantar etapas ni de imponer cargas propias del deporte profesional, sino de construir capacidades que puedan evolucionar junto con el crecimiento, la experiencia y las necesidades del atleta.


La preparación no debería comenzar cuando un jugador recibe su primera oportunidad profesional. Mucho antes de ese momento ya se están desarrollando hábitos, capacidades físicas y experiencias de entrenamiento que influirán en su trayectoria deportiva.


Reducir la posibilidad de lesiones no significa prometer que nunca ocurrirán


Durante mucho tiempo, la prevención de lesiones se ha presentado como si existiera una combinación perfecta de ejercicios, evaluaciones y estrategias capaz de proteger completamente a un atleta. Esa expectativa puede generar una falsa sensación de seguridad y, cuando ocurre una lesión, llevar a pensar que necesariamente alguien hizo algo mal.


La realidad es más compleja. Existen factores modificables sobre los que se puede intervenir, pero también situaciones impredecibles, contactos y características individuales que no pueden controlarse por completo. El propósito de una estrategia de reducción de lesiones no debería ser garantizar resultados imposibles, sino mejorar las condiciones bajo las cuales el atleta entrena y compite.


Eso no significa que las intervenciones carezcan de efectividad. Una revisión sistemática publicada por Davis y colaboradores en 2021 encontró evidencia favorable para programas de calentamiento neuromuscular que combinan diferentes componentes, incluyendo ejercicios de equilibrio y control del movimiento, en la reducción de determinadas lesiones de las extremidades inferiores en jugadores de baloncesto. Los autores también reconocieron limitaciones metodológicas y diferencias entre los estudios incluidos.


Una revisión sistemática con metaanálisis publicada por Taylor y colaboradores en 2015 encontró reducciones estadísticamente significativas en lesiones generales de las extremidades inferiores y esguinces de tobillo mediante programas preventivos en baloncesto. Sin embargo, no encontró una reducción estadísticamente significativa en las lesiones del ligamento cruzado anterior.


Esa diferencia merece atención. Un programa puede mostrar resultados favorables para determinados tipos de lesiones sin demostrar el mismo efecto para otros. La evidencia científica permite orientar decisiones, pero no justifica presentar cualquier ejercicio, calentamiento o tecnología como una solución universal.


También conviene distinguir entre evaluar a un atleta y predecir su futuro. Una evaluación puede aportar información útil sobre su fuerza, movilidad, capacidades funcionales o necesidades de entrenamiento. Sin embargo, como explicó Roald Bahr en una revisión crítica publicada en British Journal of Sports Medicine en 2016, identificar diferencias mediante una prueba física no equivale a disponer de una herramienta capaz de predecir con precisión quién se lesionará.


Evaluar para comprender y orientar el entrenamiento tiene sentido. Utilizar una evaluación para asegurar que un atleta estará libre de lesiones representa algo muy diferente.


La preparación física necesita apoyarse en esa distinción. Su propósito no debería ser perseguir la promesa de un cuerpo invulnerable, sino desarrollar capacidades relevantes, reconocer las necesidades individuales y tomar decisiones que contribuyan a reducir la posibilidad de lesiones sin perder de vista las exigencias del rendimiento deportivo.


Preparar para rendir también significa preparar para sostener ese rendimiento


Cuando comienza una temporada, gran parte de la atención se concentra en el rendimiento inmediato. Cuánto salta un jugador, qué tan rápido se desplaza, cuánto ha mejorado su fuerza o si llega en mejores condiciones que el año anterior. Son indicadores importantes, especialmente en un deporte donde pequeñas diferencias físicas pueden influir en el resultado de una jugada.


Sin embargo, una temporada no se define por un solo salto, una aceleración o una buena actuación durante la primera semana. Se construye a través de meses de entrenamientos, partidos, viajes, recuperación y demandas que cambian continuamente. El atleta necesita producir rendimiento, pero también contar con una preparación que le permita afrontar esas exigencias de manera sostenida.


La disponibilidad deportiva no depende exclusivamente de la fuerza o de la condición física. También intervienen la salud, la recuperación de lesiones previas, la exposición competitiva y circunstancias que no siempre pueden anticiparse. Por eso sería incorrecto prometer que un jugador físicamente mejor preparado necesariamente perderá menos partidos. Lo que sí puede hacerse es desarrollar capacidades relevantes, administrar progresivamente las cargas y tomar decisiones fundamentadas en la respuesta individual.


Cuando una estrella de la NBA abandona un partido por lesión, resulta natural concentrarse en lo que ocurrió durante esa jugada. Pero la conversación sobre preparación física debería ser mucho más amplia que ese momento. Debería considerar cómo se construyen las capacidades durante meses y años, cómo se organiza la exposición al deporte y qué decisiones permiten que el atleta continúe desarrollándose.


Quizás esa sea una de las lecciones más importantes que deja cada nueva temporada. La tecnología seguirá avanzando, los programas de entrenamiento continuarán evolucionando y los profesionales dispondrán de mejores herramientas para comprender las demandas del baloncesto. Aun así, las lesiones seguirán formando parte de una actividad donde el cuerpo humano debe responder a situaciones extraordinariamente exigentes.


Eso no debería llevar a aceptar las lesiones con resignación ni a perseguir la promesa imposible de eliminarlas por completo. Debería motivar una conversación más responsable sobre la manera en que se preparan los atletas, especialmente aquellos que todavía están desarrollándose y tienen muchos años de deporte por delante.


Porque detrás de cada jugador que abandona una cancha hay mucho más que un diagnóstico y una fecha estimada de regreso. Hay meses de preparación, oportunidades que pueden cambiar y decisiones que afectan su futuro deportivo. Y aunque ninguna estrategia puede garantizar que una lesión no ocurrirá, eso no disminuye la responsabilidad de preparar al atleta de la mejor manera posible.


La preparación física no termina cuando un jugador consigue saltar más alto, correr más rápido o levantar más peso. También debe contemplar el desarrollo progresivo de las capacidades que necesitará para responder a las demandas de su deporte.


Mejorar el rendimiento es importante, pero desarrollar la capacidad de sostenerlo también debería formar parte del objetivo.


Referencias científicas

  1. Mack, C. D., Herzog, M. M., Maak, T. G., et al. (2025). Epidemiology of Injuries Among National Basketball Association Players: 2013-2014 Through 2018-2019. Sports Health, 17(3), 585–593. https://doi.org/10.1177/19417381241258482


  2. Bullock, G. S., et al. (2021). Temporal Trends and Severity in Injury and Illness Incidence in the National Basketball Association Over 11 Seasons. Orthopaedic Journal of Sports Medicine. https://doi.org/10.1177/23259671211004094


  3. Soligard, T., Schwellnus, M., Alonso, J. M., et al. (2016). How much is too much? (Part 1) International Olympic Committee consensus statement on load in sport and risk of injury. British Journal of Sports Medicine, 50(17), 1030–1041. https://doi.org/10.1136/bjsports-2016-096581


  4. Davis, A. C., Emptage, N. P., Pounds, D., et al. (2021). The Effectiveness of Neuromuscular Warmups for Lower Extremity Injury Prevention in Basketball: A Systematic Review. Sports Medicine - Open, 7, 67. https://doi.org/10.1186/s40798-021-00355-1


  5. Taylor, J. B., Ford, K. R., Nguyen, A.-D., Terry, L. N., & Hegedus, E. J. (2015). Prevention of Lower Extremity Injuries in Basketball: A Systematic Review and Meta-Analysis. Sports Health, 7(5), 392–398. https://doi.org/10.1177/1941738115593441


  6. Morris, S. N., et al. (2021). Epidemiology of Injuries in National Collegiate Athletic Association Men's Basketball: 2014-2015 Through 2018-2019. Journal of Athletic Training, 56(7), 681–687. https://doi.org/10.4085/1062-6050-436-20


  7. Bahr, R. (2016). Why screening tests to predict injury do not work—and probably never will…: a critical review. British Journal of Sports Medicine, 50(13), 776–780. https://doi.org/10.1136/bjsports-2016-096256

 
 
 

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