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Cada niño tiene su propio reloj

  • Writer: Alexander Cruz
    Alexander Cruz
  • 9 hours ago
  • 12 min read


Dos niños llegan a una práctica. Ambos tienen 13 años. Nacieron el mismo año, compiten en la misma categoría y realizan exactamente los mismos ejercicios. Sobre el papel, parecen estar en el mismo punto de su desarrollo.


Pero cuando comienza el entrenamiento, las diferencias son evidentes. Uno es más alto, más fuerte y parece generar potencia con facilidad. Corre más rápido, tolera mejor algunas cargas y físicamente comienza a parecerse a un adolescente mayor. El otro todavía conserva muchas de las características físicas de un niño, es más pequeño, tiene menos masa muscular y necesita más tiempo para producir la misma fuerza.


La conclusión aparece casi automáticamente…


“El primero tiene más talento.” Quizás. Pero también existe otra posibilidad que muchas veces olvidamos considerar, puede que simplemente sea más maduro. Y esa diferencia puede cambiar completamente la forma en que observamos, entrenamos e incluso seleccionamos a un joven atleta.


Y es que la edad que aparece en el calendario cuenta solo una parte de la historia


La edad cronológica es sencilla. Es el tiempo transcurrido desde que naciste. Si dos jóvenes nacieron con pocas semanas de diferencia, prácticamente tienen la misma edad cronológica y probablemente competirán dentro de la misma categoría.


Pero el desarrollo humano no funciona siguiendo un calendario exacto. Durante la infancia y, especialmente, durante la adolescencia, el crecimiento y la maduración avanzan a ritmos diferentes entre individuos. Dos jóvenes de la misma edad pueden encontrarse en momentos distintos de ese proceso.


Aquí aparece el concepto de maduración biológica. Cuando hablamos de ella no estamos diciendo simplemente cuánto mide un niño ni tratando de asignarle una segunda “edad” exacta. Hablamos del progreso de su organismo hacia la madurez y del momento y ritmo con que ocurren diferentes procesos de crecimiento y maduración.


Y esos procesos no ocurren al mismo tiempo para todos


Dos jóvenes de 13 años pueden estar viviendo realidades físicas diferentes. Imagina nuevamente a nuestros dos atletas. Uno comenzó antes su periodo de crecimiento acelerado. Ha aumentado considerablemente de estatura y masa corporal y está experimentando cambios fisiológicos asociados con la maduración.


El otro todavía no ha llegado a esa etapa. Los dos tienen 13 años. Pero comparar directamente algunas de sus capacidades físicas puede ser engañoso.


Durante la adolescencia, el crecimiento y la maduración contribuyen a cambios importantes en características relacionadas con el rendimiento, incluyendo fuerza, potencia y capacidades aeróbicas y anaeróbicas. Estas características tampoco evolucionan todas simultáneamente ni al mismo ritmo.


Por eso, cuando un joven parece físicamente superior a otro, debemos hacernos una pregunta antes de concluir que estamos viendo más talento.


¿Estamos observando una diferencia en potencial o una ventaja temporal asociada al desarrollo?


No siempre será posible separar perfectamente ambas cosas. Y precisamente por eso debemos tener cuidado.


El crecimiento acelerado también importa. Uno de los conceptos importantes para entender este proceso es el Peak Height Velocity (PHV) o pico de velocidad de crecimiento. En términos sencillos, representa el periodo alrededor del momento en que la estatura está aumentando a su mayor velocidad durante el crecimiento adolescente. Se utiliza como una referencia para estudiar el momento de la maduración, aunque estimarlo en la práctica tiene limitaciones y no debe interpretarse como una medida perfecta de “edad biológica”.


Esto importa porque un joven que se encuentra antes, durante o después de ese periodo puede presentar características físicas diferentes. Pero también puede sentirse diferente dentro de su propio cuerpo. Cambian las dimensiones corporales. Cambian las palancas. Cambia la masa corporal. Y algunas capacidades físicas pueden desarrollarse de manera asincrónica.


Por eso el entrenamiento juvenil no debería reducirse simplemente a:


“Tiene 13 años, así que este es el entrenamiento para niños de 13 años.”


La edad cronológica importa. Pero no debería ser la única información que observamos.


Aquí aparece uno de los mayores errores del deporte juvenil


Volvamos a los dos jóvenes del comienzo. Supongamos que estamos seleccionando jugadores para un equipo. Uno corre más rápido, salta más alto, es más fuerte y físicamente domina a muchos de sus compañeros.


El otro tiene buena coordinación, entiende el juego y demuestra habilidad, pero todavía no posee las mismas características físicas.


¿A quién escogemos?


Con demasiada facilidad podemos confundir rendimiento físico actual con potencial futuro.

La investigación sobre identificación de talento lleva años señalando la maduración como una variable que puede influir en las evaluaciones realizadas durante la adolescencia, precisamente porque los cambios asociados con la pubertad afectan características físicas importantes para el rendimiento.


Eso no significa que el joven más desarrollado no tenga talento. Significa algo mucho más importante…


Todavía no conocemos toda la historia del otro.


Y quizás esa sea una de las lecciones más importantes que padres, entrenadores y profesionales debemos recordar cuando trabajamos con niños. El atleta que parece estar detrás hoy puede simplemente estar recorriendo su propio reloj biológico.


El desarrollo no es una carrera en la que todos parten del mismo punto y avanzan a la misma velocidad. Y cuando olvidamos eso, podemos cometer uno de los errores más costosos del deporte juvenil… Juzgar demasiado pronto lo que un niño puede llegar a ser.


Madurar antes no significa tener más talento


En el deporte juvenil existe una ventaja que puede ser difícil de reconocer cuando solo observamos el resultado. No aparece en las estadísticas, no necesariamente refleja quién entrenó mejor y tampoco significa que un joven tenga mayor potencial. Sin embargo, puede influir enormemente en quién corre más rápido, quién salta más alto, quién gana un contacto físico y, muchas veces, quién termina llamando primero la atención de un entrenador.


Esa ventaja puede ser simplemente haber madurado antes que los demás. Durante la adolescencia, dos jóvenes de la misma edad cronológica pueden encontrarse en etapas de maduración muy diferentes. El que madura antes puede experimentar antes cambios en estatura, masa corporal, fuerza y potencia que modifican considerablemente su rendimiento físico. Esto es especialmente evidente en varones, aunque la relación entre maduración y rendimiento también existe en mujeres y puede manifestarse de manera diferente. La evidencia muestra que el desarrollo durante estos años es asincrónico: fuerza, velocidad, potencia y otras capacidades no evolucionan exactamente al mismo tiempo ni de la misma manera en todos los jóvenes.


Ahora imaginemos lo que eso significa dentro de una cancha. Dos jugadores tienen 14 años. Uno está más avanzado en su proceso de maduración y el otro todavía se encuentra en una etapa anterior. El primero puede ser más grande, fuerte y potente. En una prueba física probablemente obtenga mejores resultados y, dependiendo del deporte, esas diferencias pueden convertirse inmediatamente en una ventaja competitiva. Investigaciones recientes y revisiones sistemáticas continúan mostrando diferencias de rendimiento asociadas al estado de maduración, particularmente en cualidades como fuerza, potencia, sprint y salto.


Desde las gradas, la diferencia parece sencilla.


Uno parece mejor atleta.


Pero desde la perspectiva del desarrollo, la respuesta puede ser mucho más compleja.

Parte de esa superioridad puede representar talento, entrenamiento, experiencia y habilidad. Pero otra parte puede estar relacionada con una ventaja física temporal producto de encontrarse más adelantado en su proceso de maduración. Por eso evaluar talento durante la adolescencia es mucho más difícil de lo que parece. La maduración ha sido identificada durante años como una variable que puede confundir los procesos de identificación de talento, precisamente porque las características físicas que observamos hoy no necesariamente representan cómo será la comparación cuando ambos jóvenes alcancen la madurez.


Y aquí comienza un problema que puede tener consecuencias mucho mayores. El joven que madura temprano destaca físicamente. Como destaca, puede ser seleccionado para mejores equipos. Al estar en mejores equipos, puede recibir mejores entrenadores, mejores instalaciones, mayor exposición y más oportunidades de competir. También puede jugar más minutos y acumular experiencias que continúan favoreciendo su desarrollo.


Mientras tanto, el joven que madura más tarde puede vivir exactamente lo contrario. Puede comenzar a escuchar que necesita ser más fuerte, más rápido o más explosivo. Puede recibir menos minutos, quedar fuera de una selección o comenzar a compararse con compañeros que tienen su misma edad cronológica, pero que físicamente están atravesando otra etapa de desarrollo.


Y existe una consecuencia todavía más importante, puede comenzar a creer que simplemente no es suficientemente bueno.


Ese es el momento en que una diferencia biológica temporal puede convertirse en una experiencia emocional mucho más permanente.


Esto tampoco significa que debamos quitarle mérito al joven que madura temprano. Ese sería exactamente el error contrario. Su rendimiento sigue teniendo valor y puede existir verdadero talento detrás de esas capacidades. El objetivo no es favorecer al que madura tarde ni minimizar al que madura temprano.


El objetivo es entender el contexto antes de sacar conclusiones.


Porque el desarrollo deportivo no ocurre en una fotografía. Ocurre a través del tiempo.

El joven que hoy domina físicamente tendrá que continuar desarrollando técnica, coordinación, toma de decisiones, fuerza, velocidad, confianza y comprensión de su deporte cuando las diferencias de maduración comiencen a reducirse. Del mismo modo, el joven que hoy parece estar detrás puede experimentar cambios importantes en su rendimiento conforme avanza su propio proceso de crecimiento y maduración.


Por eso resulta peligroso intentar predecir demasiado pronto quién llegará más lejos. El propio Comité Olímpico Internacional reconoce que la selección y predicción del rendimiento futuro durante estas etapas son particularmente complejas porque crecimiento, maduración y desarrollo ocurren de manera individual y cambiante.


Tal vez deberíamos cambiar entonces la pregunta. En lugar de mirar a un niño de 12, 13 o 14 años y preguntarnos...


“¿Es suficientemente bueno?”


Quizá deberíamos preguntarnos:


“¿Qué necesita este joven en la etapa de desarrollo en la que se encuentra ahora?”


Ese pequeño cambio transforma nuestra manera de entrenar, evaluar y acompañar a los jóvenes atletas. Nos obliga a mirar más allá del resultado inmediato y recordar que estamos observando un proceso que todavía está lejos de terminar. Porque madurar primero no significa necesariamente tener más talento, de la misma manera que madurar más tarde no significa tener menos potencial.


A veces, simplemente estamos viendo a dos jóvenes cuyos cuerpos llevan relojes diferentes.

Y el error no está en que uno vaya delante del otro. El error está en decidir demasiado pronto cuál de los dos llegará más lejos.


Cuando la fecha de nacimiento también influye en el desarrollo deportivo


Hasta este momento hemos hablado sobre la maduración biológica y cómo dos jóvenes de la misma edad cronológica pueden encontrarse en etapas completamente diferentes de su desarrollo. Sin embargo, existe otro factor que también puede influir en el rendimiento y en las oportunidades que recibe un joven atleta ,la edad relativa.


Aunque ambos conceptos suelen confundirse, representan fenómenos distintos.


La maduración biológica describe el ritmo al que el organismo progresa hacia la adultez. La edad relativa, en cambio, hace referencia a la diferencia de edad existente entre niños que compiten dentro de una misma categoría deportiva. Como la mayoría de las organizaciones utilizan una fecha límite para agrupar a los atletas por año de nacimiento, es posible que dos jóvenes de la misma categoría tengan hasta doce meses de diferencia entre sí.


En la edad adulta esa diferencia puede parecer insignificante. Sin embargo, durante la infancia y la adolescencia representa un periodo suficiente para que existan diferencias importantes en estatura, masa corporal, coordinación, experiencia deportiva e incluso maduración biológica.


Imaginemos nuevamente una categoría para jugadores de 13 años. Un niño nacido en enero y otro nacido en diciembre competirán durante toda la temporada como si tuvieran exactamente la misma edad. Sin embargo, el primero ha tenido casi un año adicional de crecimiento y desarrollo. En una etapa de la vida donde los cambios ocurren con rapidez, esa diferencia puede traducirse en ventajas físicas y deportivas importantes.


La investigación ha documentado este fenómeno durante décadas y lo conoce como Relative Age Effect o efecto de la edad relativa. En numerosos deportes se ha observado una mayor representación de atletas nacidos durante los primeros meses del año dentro de programas de desarrollo, selecciones nacionales y equipos de alto rendimiento. Esto no significa que esos jóvenes nazcan con mayor talento. En muchos casos, simplemente tuvieron una ventaja inicial que les permitió destacar antes, recibir más oportunidades de entrenamiento y acumular experiencias competitivas que continuaron favoreciendo su desarrollo.


Ahora imaginemos un escenario todavía más complejo. Un joven nacido a principios de año que, además, presenta una maduración biológica temprana. Frente a él se encuentra otro jugador nacido en los últimos meses del año y con una maduración más tardía.


Aunque ambos pertenezcan a la misma categoría, las diferencias físicas pueden ser considerables. El primero probablemente sea más alto, más fuerte y más potente. El segundo quizá todavía esté esperando el momento en que su propio proceso de crecimiento comience a acelerarse.


Si evaluamos únicamente el rendimiento actual, es muy probable que concluyamos que el primer jugador tiene un mayor potencial deportivo. Sin embargo, esa conclusión puede ser precipitada.


En muchos casos, lo que estamos observando no es únicamente una diferencia de talento, sino la combinación de dos factores que favorecen temporalmente al mismo atleta: una mayor edad relativa y un desarrollo biológico más avanzado.


Por esa razón, la identificación de talento durante la adolescencia representa uno de los mayores desafíos para entrenadores, preparadores físicos y organizaciones deportivas. El rendimiento observado en una etapa concreta no siempre refleja el potencial que un joven podrá alcanzar cuando complete su desarrollo.


Con el objetivo de reducir este problema, algunos programas deportivos han comenzado a explorar estrategias como el bio-banding, un enfoque que agrupa temporalmente a los atletas según su nivel de maduración biológica en lugar de utilizar exclusivamente la edad cronológica. Aunque esta metodología no reemplaza la organización tradicional por categorías y todavía continúa siendo investigada, representa un ejemplo de cómo la ciencia del deporte busca adaptar el entrenamiento y la competencia al proceso de desarrollo de cada atleta.


La enseñanza más importante no es que debamos cambiar inmediatamente la forma en que organizamos todas las competiciones. La verdadera lección es otra. Cuando trabajamos con jóvenes atletas, debemos aprender a distinguir entre el rendimiento que observamos hoy y el potencial que ese niño puede desarrollar en el futuro. Porque, en muchas ocasiones, el mejor atleta de los 13 años no será necesariamente el mejor atleta de los 18.


Y entender esa diferencia puede cambiar por completo la forma en que entrenamos, evaluamos y acompañamos el desarrollo deportivo de nuestros jóvenes.


Más allá de la edad, el verdadero desafío es desarrollar el potencial


Después de comprender cómo influyen la edad cronológica, la maduración biológica y la edad relativa en el desarrollo deportivo, resulta evidente que trabajar con niños y adolescentes implica mucho más que diseñar un programa de entrenamiento. Significa comprender que cada joven sigue un proceso de desarrollo propio.


Dos atletas pueden tener la misma edad, entrenar el mismo número de horas y competir en la misma categoría, pero eso no significa que su organismo esté preparado para responder de la misma manera a un entrenamiento o que ambos deban ser evaluados bajo exactamente los mismos criterios.


Esa es una de las razones por las que el entrenamiento juvenil no debería centrarse únicamente en ganar el próximo torneo o seleccionar a quienes hoy parecen físicamente superiores. El verdadero objetivo debe ser crear un entorno donde cada niño tenga la oportunidad de desarrollar al máximo su potencial, independientemente del momento en que ocurra su proceso de maduración.


Esto también cambia la responsabilidad de entrenadores, padres y profesionales de la salud.

Un entrenador no solo debe observar quién corre más rápido o quién levanta más peso. Debe aprender a interpretar el contexto en el que ese rendimiento ocurre. Del mismo modo, los padres deben entender que el desarrollo físico de sus hijos no sigue un calendario idéntico al de sus compañeros y que comparar constantemente a un niño con otros de su misma edad puede generar expectativas poco realistas y frustraciones innecesarias.


La ciencia del entrenamiento ha demostrado que el desarrollo deportivo es un proceso a largo plazo. Las diferencias físicas que observamos durante la adolescencia suelen reducirse conforme los jóvenes alcanzan la madurez, mientras que aspectos como la técnica, la toma de decisiones, la disciplina, la capacidad de aprendizaje y la calidad del entrenamiento continúan influyendo durante toda la carrera deportiva.


Por esa razón, cuando observamos a un joven atleta, quizá la pregunta más importante no sea "¿Es el mejor de su categoría hoy?"


Tal vez la pregunta correcta sea "¿Estamos creando las condiciones para que alcance su máximo potencial en el futuro?"


Responder esa pregunta exige paciencia, conocimiento y una comprensión mucho más amplia del desarrollo humano que la simple edad que aparece en un documento de identidad. Porque el objetivo del entrenamiento juvenil nunca ha sido identificar únicamente a los niños que se desarrollan primero.


El verdadero objetivo es ayudar a cada joven atleta a desarrollar todo el potencial que lleva dentro, respetando el momento de crecimiento y maduración que le corresponde vivir.


Y quizá esa sea una de las lecciones más importantes que la evidencia científica nos ha enseñado durante las últimas décadas:


Tal vez dentro de algunos años volvamos a mirar a esos dos jóvenes de 13 años con los que comenzó esta historia y descubramos que nuestras primeras impresiones estaban equivocadas. El que parecía tener ventaja tomó un camino; el que parecía estar detrás tomó otro. Porque durante el desarrollo, lo que vemos hoy es apenas una fotografía de un proceso que todavía está ocurriendo.


Por eso, quizás la mayor responsabilidad de quienes acompañamos a un joven atleta sea aprender a observar sin apresurarnos a decidir quién es, cuánto talento tiene o hasta dónde podrá llegar. A esa edad, la historia apenas comienza. Démosles tiempo para escribirla.


Porque ningún niño debería perder la oportunidad de descubrir hasta dónde puede llegar solo porque alguien decidió demasiado pronto quién podía llegar a ser.


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