¿Entrenamiento específico al deporte … o ejercicios que imitan al deporte?
- Alexander Cruz

- 11 minutes ago
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En una esquina del gimnasio, un jugador de baloncesto sostiene un balón mientras una banda de resistencia tira de su cuerpo hacia atrás. Recibe el pase, ataca el canasto y termina simulando una acción muy parecida a la que realizará más tarde durante la práctica. A pocos metros, otro jugador entrena de una manera completamente diferente. Hace sentadillas, trabaja fuerza unilateral, realiza algunos saltos y termina con varias aceleraciones cortas.
Si grabáramos ambos entrenamientos y los publicáramos en redes sociales, probablemente el primero llamaría mucho más la atención. Sus ejercicios parecen de baloncesto. Hay un balón, movimientos reconocibles y resistencia añadida a gestos que cualquier persona puede relacionar inmediatamente con el juego. El entrenamiento del segundo atleta, en cambio, podría parecer mucho menos específico. A simple vista, solo está levantando peso, saltando y corriendo.
Si preguntáramos cuál de los dos está realizando un programa más específico para baloncesto, es muy probable que muchas personas eligieran al primero. Y la lógica parece razonable, si queremos mejorar el rendimiento deportivo, ¿no deberíamos seleccionar ejercicios que se parezcan lo máximo posible a aquello que el atleta realiza durante la competencia?
Pero ¿un ejercicio se convierte realmente en específico simplemente porque se parece al deporte?
Esa pregunta es mucho más importante de lo que parece, especialmente en un momento en el que el concepto de sport-specific training se ha convertido en una de las tendencias más visibles dentro del entrenamiento deportivo. Basta con pasar algunos minutos en redes sociales para encontrar jugadores de béisbol reproduciendo su swing contra la resistencia de un cable, jugadores de baloncesto practicando movimientos con bandas, boxeadores lanzando golpes con mancuernas o atletas realizando gestos propios de su deporte sobre superficies inestables.
Muchos de estos ejercicios pueden tener un propósito válido dentro de determinados contextos. El problema no está necesariamente en el ejercicio. El problema comienza cuando utilizamos su parecido visual con el deporte como evidencia de que tendrá una mayor transferencia al rendimiento.
El organismo no reconoce que un ejercicio “parece baloncesto” o “parece béisbol”. Responde al estímulo que recibe, la magnitud y dirección de las fuerzas, la velocidad del movimiento, las posiciones articulares, el rango de movimiento, el tiempo disponible para producir fuerza, el tipo de contracción muscular y las demandas coordinativas, entre muchos otros factores. Por eso, dos movimientos que visualmente parecen similares pueden representar estímulos completamente diferentes para el atleta.
También puede ocurrir lo contrario. Un ejercicio que aparentemente tiene muy poco parecido con una acción deportiva puede desarrollar capacidades físicas importantes para ejecutarla. Una sentadilla no se parece demasiado a un salto vertical. Un Romanian deadlift no reproduce un sprint. Un split squat tampoco imita exactamente un cambio de dirección. Sin embargo, dependiendo de cómo se utilicen y del atleta que tengamos delante, estos ejercicios pueden contribuir al desarrollo de cualidades físicas que posteriormente serán necesarias para saltar, acelerar o cambiar de dirección.
Aquí aparece una distinción fundamental para comprender el entrenamiento deportivo, imitar un movimiento y preparar al atleta para producirlo no son necesariamente la misma cosa.
El deporte, además, posee características extremadamente difíciles de reproducir fuera de su contexto. Durante una competencia, el atleta no ejecuta movimientos aislados siguiendo una secuencia perfectamente predecible. Percibe información, reconoce espacios, responde a adversarios, toma decisiones y modifica constantemente la velocidad, dirección y ejecución de sus movimientos. En muchos deportes, esas interacciones entre percepción, decisión y acción forman parte de la habilidad que estamos intentando desarrollar.
Por eso quizá el gimnasio no necesita convertirse en una versión artificial de la cancha. Su función puede ser diferente, desarrollar fuerza, potencia, capacidad para producir y absorber fuerzas, tolerancia a las cargas y otras cualidades físicas que posteriormente el atleta tendrá que expresar dentro de un entorno deportivo mucho más complejo.
Esto tampoco significa que todo entrenamiento deba ser general o que los ejercicios con mayor similitud deportiva carezcan de valor. La especificidad es uno de los principios fundamentales del entrenamiento. La pregunta realmente interesante no es si debemos entrenar específicamente, sino qué significa ser específico y hasta qué punto una adaptación obtenida durante el entrenamiento puede transferirse al rendimiento deportivo.
Porque quizá el error no esté en intentar preparar al atleta para las demandas de su deporte. El error puede estar en asumir que cuanto más se parece un ejercicio al deporte, mejor prepara necesariamente al atleta para practicarlo.
Y esa diferencia, aunque parezca pequeña, cambia por completo la conversación.
¿Qué significa realmente que un entrenamiento sea específico?
Para entender dónde comienza la confusión, primero tenemos que regresar a uno de los principios más conocidos de la ciencia del entrenamiento, la especificidad. En términos generales, el organismo se adapta de acuerdo con las características del estímulo al que es expuesto. Si queremos mejorar una capacidad determinada, el entrenamiento debe guardar suficiente relación con las demandas que posteriormente queremos expresar. Hasta aquí, la idea parece sencilla. El problema aparece cuando interpretamos “específico” únicamente como “parecido”.
Pensemos nuevamente en el jugador de baloncesto del comienzo. Durante un partido necesita acelerar, desacelerar, cambiar de dirección, saltar, absorber fuerzas al aterrizar, mantener posiciones defensivas y repetir estas acciones durante toda la competencia. Pero también necesita percibir dónde están sus compañeros y adversarios, anticipar acciones, tomar decisiones y ejecutar habilidades técnicas en espacios y tiempos que cambian constantemente. ¿Cuál de todas esas características deberíamos reproducir para considerar que un ejercicio es específico?
La respuesta depende de qué adaptación estamos intentando conseguir.
Si el objetivo es desarrollar fuerza máxima, probablemente no necesitemos reproducir un movimiento de baloncesto mientras utilizamos una carga pesada. Si buscamos mejorar la capacidad de producir fuerza rápidamente, las características del ejercicio y de la carga serán diferentes. Si queremos desarrollar una habilidad técnica, entonces el contexto, la información disponible y la coordinación específica de esa habilidad adquieren una importancia mucho mayor. Y si queremos mejorar la capacidad del atleta para tomar decisiones durante el juego, ningún ejercicio tradicional de fuerza puede sustituir la exposición al propio deporte.
Esto nos lleva a otro concepto fundamental, la transferencia. El objetivo del entrenamiento físico no es simplemente conseguir que un atleta mejore realizando los ejercicios del programa. Lo realmente importante es determinar si las adaptaciones obtenidas mediante esos ejercicios contribuyen posteriormente a mejorar alguna capacidad relevante para su rendimiento deportivo.
Un atleta puede aumentar considerablemente el peso que mueve en una sentadilla y, sin embargo, eso no garantiza que su velocidad, salto o cambio de dirección mejoren en exactamente la misma proporción. De la misma manera, realizar un ejercicio que visualmente imita un gesto deportivo tampoco garantiza que la adaptación obtenida se transfiera automáticamente a ese gesto. La transferencia no depende exclusivamente de cuánto se parece un ejercicio al deporte, sino de la relación entre la adaptación producida y las demandas de la tarea que queremos mejorar.
Durante décadas, investigadores y profesionales del entrenamiento han intentado comprender mejor esa relación. Uno de los marcos más conocidos es el concepto de dynamic correspondence, asociado al trabajo de Yuri Verkhoshansky. Este enfoque propone analizar diferentes características entre un ejercicio y la acción deportiva, entre ellas la dirección y amplitud del movimiento, la región donde se enfatiza la producción de fuerza, la dinámica del esfuerzo, la velocidad y el tiempo disponible para producir fuerza. Estos criterios no constituyen una fórmula capaz de garantizar transferencia, pero ayudan a entender por qué la especificidad es mucho más compleja que copiar la apariencia de un gesto.
Tomemos un ejemplo sencillo. Un jugador de baloncesto puede necesitar producir grandes cantidades de fuerza en periodos muy cortos cuando intenta saltar por un rebote. Podríamos colocarle un balón en las manos, añadir bandas de resistencia y pedirle que reproduzca el movimiento del rebote. Visualmente, el ejercicio tendría una enorme similitud con el deporte. Sin embargo, si la resistencia modifica demasiado la velocidad, el tiempo de ejecución o la coordinación natural del movimiento, debemos preguntarnos si esa semejanza visual realmente representa el estímulo que queríamos conseguir.
Ahora comparemos ese ejercicio con un salto cargado que no incluye balón, adversarios ni una situación de juego. A simple vista parece menos “específico”. Sin embargo, si permite entrenar características de producción de fuerza y velocidad relevantes para el salto, podría tener un lugar perfectamente válido dentro del programa. Después, será el entrenamiento deportivo el que permita integrar esas capacidades físicas dentro de la habilidad de buscar posición, leer la trayectoria del balón, reaccionar ante un adversario y disputar el rebote.
Esto no significa que podamos separar completamente la preparación física de la habilidad deportiva. Tampoco significa que cualquier aumento de fuerza o potencia vaya a transferirse automáticamente al rendimiento. La transferencia tiene límites, y cuanto más nos alejamos de las características de la tarea que queremos mejorar, más cuidadosos debemos ser al asumir que una adaptación general aparecerá posteriormente dentro del deporte.
Precisamente por eso la selección de ejercicios debería comenzar con un análisis de las demandas y necesidades del atleta, no con la búsqueda del ejercicio que más se parezca a una jugada. ¿Qué capacidad limita actualmente su rendimiento? ¿Necesita más fuerza o mayor capacidad para producirla rápidamente? ¿Necesita mejorar su tolerancia a determinadas cargas? ¿Existe realmente una limitación física o estamos intentando solucionar en el gimnasio un problema que pertenece a la técnica, la percepción o la toma de decisiones?
Estas preguntas cambian la manera de diseñar un programa. En lugar de comenzar con “¿qué ejercicio específico puedo hacer para un jugador de baloncesto?”, comenzamos preguntándonos “¿qué necesita este jugador para rendir mejor y cuál es la mejor herramienta para desarrollar esa capacidad?”
La diferencia puede parecer semántica, pero es enorme. En el primer caso, seleccionamos el ejercicio por su apariencia. En el segundo, lo seleccionamos por su propósito.
Y cuando entendemos esa diferencia aparece una pregunta todavía más incómoda, si el deporte ya ofrece el estímulo más específico posible, ¿hasta qué punto necesitamos intentar reproducirlo dentro del gimnasio?
El gimnasio no tiene que convertirse en la cancha
Si aceptamos que la especificidad no depende únicamente de cuánto se parece un ejercicio al deporte, aparece una consecuencia importante, el gimnasio no necesita convertirse en una imitación de la cancha para preparar mejor a un atleta.
Esta idea puede parecer contradictoria. Después de todo, durante años se ha promovido la necesidad de hacer el entrenamiento cada vez más “funcional” y específico. En muchos casos, esa evolución ha sido positiva. Los programas de preparación física han dejado atrás modelos excesivamente rígidos y han comenzado a considerar con mayor atención las demandas reales del deporte, las características individuales del atleta y la manera en que las capacidades desarrolladas durante el entrenamiento pueden contribuir al rendimiento.
El problema aparece cuando llevamos esa lógica demasiado lejos y comenzamos a pensar que cada ejercicio necesita parecerse a una acción competitiva para justificar su presencia dentro del programa.
Durante una penetración al canasto, por ejemplo, un jugador acelera, controla el balón, percibe la posición del defensor, modifica su trayectoria, absorbe contacto, decide si continúa hacia el aro o realiza un pase y finalmente ejecuta una acción técnica. Todo esto ocurre en segundos y dentro de un entorno que cambia constantemente. Podemos intentar reproducir algunos elementos de esa acción utilizando bandas, cables o diferentes resistencias, pero la complejidad del deporte no puede reducirse únicamente a la apariencia mecánica de un movimiento.
Más importante aún, añadir resistencia a una habilidad deportiva puede modificar aquello que intentamos preservar. Cuando la carga cambia suficientemente, también pueden hacerlo la velocidad, el ritmo, las posiciones corporales y la coordinación del gesto. El ejercicio continúa pareciéndose visualmente al deporte, pero el atleta ya no está resolviendo exactamente el mismo problema motor.
Esto resulta especialmente importante cuando hablamos de habilidades altamente coordinadas. Lanzar un balón, batear, golpear o patear requiere una organización precisa del movimiento. Añadir carga no convierte automáticamente esa acción en una mejor versión del entrenamiento deportivo. Dependiendo de cómo se utilice, puede simplemente crear una tarea diferente que se parece a la original.
Por eso debemos separar dos objetivos que frecuentemente terminan mezclándose, desarrollar una habilidad deportiva y desarrollar las capacidades físicas que ayudan al atleta a expresarla.
La cancha, el terreno de juego, la pista o el espacio competitivo ofrecen algo que el gimnasio difícilmente puede reproducir por completo y es la información relevante. Allí existen compañeros, adversarios, trayectorias, espacios, tiempos, incertidumbre y consecuencias. El atleta debe percibir esa información y organizar una respuesta. Desde esa perspectiva, practicar el deporte continúa siendo una de las formas más específicas de desarrollar las habilidades propias de ese deporte.
El gimnasio puede cumplir otra función, proporcionar un ambiente controlado donde es posible manipular cargas, velocidades y volúmenes para desarrollar determinadas capacidades físicas y trabajar sobre déficits individuales que quizá sean difíciles de abordar exclusivamente durante la práctica deportiva.
Aquí aparece una paradoja interesante, en ocasiones, para preparar de manera más específica a un atleta, necesitamos utilizar herramientas que visualmente parecen menos específicas.
Si un jugador necesita aumentar su capacidad de producir fuerza, quizá la mejor herramienta en ese momento no sea añadir resistencia a su movimiento deportivo, sino utilizar un ejercicio que permita aplicar una carga suficiente para generar la adaptación buscada. Si necesita desarrollar potencia, podremos seleccionar ejercicios y cargas apropiados para ese objetivo. Si necesita mejorar su capacidad para desacelerar, podremos construir progresivamente las capacidades necesarias para tolerar esas demandas antes de exponerlo a situaciones cada vez más complejas.
Después, esas capacidades deberán encontrarse nuevamente con el deporte.
Tampoco debemos caer en el extremo contrario. Ser más fuerte en el gimnasio no garantiza automáticamente ser mejor atleta. Mejorar una capacidad física crea posibilidades, pero el atleta todavía necesita integrarlas dentro de las demandas técnicas, perceptivas y tácticas de su disciplina. La preparación física puede ampliar las herramientas disponibles, el deporte exige utilizarlas en el momento correcto.
Por eso la relación entre preparación general y específica no debería entenderse como una batalla en la que debemos escoger un lado. Un programa puede desplazarse a lo largo de ese continuo dependiendo del atleta, del deporte, del momento de la temporada y del objetivo de cada sesión.
La verdadera habilidad del profesional está en saber cuándo acercarse al deporte y cuándo alejarse lo suficiente para desarrollar algo que el deporte, por sí solo, no está proporcionando.
Eso requiere mucho más razonamiento que simplemente seleccionar ejercicios porque se ven deportivos. Requiere analizar al atleta, comprender las demandas de su disciplina, identificar qué está limitando su rendimiento y decidir qué herramienta ofrece el estímulo adecuado en ese momento.
Quizá por eso una de las preguntas más útiles frente a cualquier ejercicio no sea “¿qué tan específico es?”, sino algo mucho más sencillo:
“¿Por qué está este ejercicio aquí?”
Si podemos responder esa pregunta con claridad, probablemente estemos mucho más cerca de construir un programa con propósito.
Del ejercicio al rendimiento, el verdadero significado de la transferencia
Después de todo lo discutido, podríamos sentir la tentación de buscar una lista de ejercicios que “sí transfieren” y otra de ejercicios que “no transfieren”. Sería una conclusión cómoda, pero repetiría el mismo error que hemos intentado cuestionar durante todo este artículo. Un ejercicio no posee transferencia por sí mismo. Su valor depende del atleta, del objetivo, de cómo se utiliza y de aquello que necesitamos que cambie como resultado del entrenamiento.
Pensemos por última vez en los dos jugadores de baloncesto con los que comenzó esta historia. Uno realiza ejercicios que reproducen constantemente movimientos de la cancha. El otro utiliza ejercicios de fuerza, saltos, lanzamientos, aceleraciones y diferentes formas de trabajo físico que, observados de manera aislada, quizá no parezcan particularmente específicos. Después de varias semanas, la pregunta importante no debería ser cuál de los dos programas parecía más deportivo. Deberíamos preguntarnos qué cambió en cada atleta y si esos cambios tuvieron algún significado cuando regresaron a jugar.
Ese es el punto donde la transferencia deja de ser una palabra atractiva y se convierte en una pregunta que debemos intentar responder.
Si un atleta aumenta su fuerza, ¿puede expresarla dentro de las acciones que necesita realizar? Si mejora determinadas características de potencia, ¿existe algún cambio relevante en su capacidad para acelerar, saltar o ejecutar otras acciones importantes para su deporte? Si utilizamos un ejercicio que reproduce parte de un gesto competitivo, ¿estamos mejorando realmente alguna característica de ese gesto o simplemente hemos conseguido que el atleta sea mejor realizando ese ejercicio?
No todas estas preguntas tendrán respuestas inmediatas, y tampoco podemos atribuir cada cambio en el rendimiento a un solo ejercicio. El rendimiento deportivo es demasiado complejo para hacerlo. Sin embargo, plantearlas nos obliga a abandonar una forma superficial de seleccionar ejercicios y comenzar a pensar en adaptaciones, necesidades y resultados.
Esto también significa que el mismo ejercicio puede tener un valor completamente diferente para dos atletas. Un jugador joven con poca experiencia en entrenamiento de fuerza puede beneficiarse enormemente de desarrollar capacidades físicas generales. Un atleta avanzado, con años de entrenamiento y necesidades mucho más específicas, puede requerir estímulos diferentes. Incluso para el mismo atleta, aquello que tiene sentido durante una fase de preparación puede dejar de ser prioritario cuando cambian la temporada, las cargas competitivas o sus necesidades individuales.
Por eso un programa de performance no debería construirse alrededor de ejercicios favoritos ni de movimientos que están de moda. Debería construirse alrededor de problemas que necesitan ser resueltos.
Antes de seleccionar un ejercicio deberíamos preguntarnos qué necesita realmente el atleta, qué está limitando su rendimiento, qué cualidad podemos modificar mediante el entrenamiento, qué herramienta puede generar esa adaptación con una relación adecuada entre estímulo, fatiga y riesgo y, finalmente, cómo sabremos si aquello que estamos haciendo está produciendo el efecto esperado.
Cuando esas preguntas dirigen el proceso, la selección de ejercicios comienza a verse diferente. Una sentadilla, un salto, un sprint, un lanzamiento con balón medicinal o incluso un ejercicio con características mucho más cercanas al gesto deportivo pueden tener un lugar dentro del mismo programa. No porque pertenezcan a una categoría llamada “funcional”, “general” o “específica”, sino porque cada uno cumple una función determinada dentro de una estrategia más amplia.
La especificidad, entonces, puede entenderse mejor como un continuo. Algunas herramientas permiten desarrollar capacidades relativamente generales mientras que otras comienzan a acercarse a determinadas características de la actividad deportiva; y finalmente encontramos la expresión más específica de todas que es practicar y competir en el propio deporte bajo las condiciones que le dan significado.
La preparación física debe convivir con ese proceso, no competir con él.
Un coach que se especializa en mejorar el rendimiento no necesita demostrar cuánto conoce el deporte creando la versión más compleja posible de cada movimiento que observa durante una competencia. Su trabajo requiere algo posiblemente más difícil, entender qué necesita el atleta y decidir qué estímulo puede ayudarlo a desarrollar esa capacidad.
Eso no produce siempre los videos más espectaculares. Una sentadilla bien programada, una progresión de saltos, un sprint con una intención clara o un ejercicio básico ejecutado con la carga adecuada probablemente genere menos atención en redes sociales que un movimiento que combine balón, bandas, superficies inestables y varios estímulos al mismo tiempo.
Pero el rendimiento nunca ha dependido de cuánto impresiona un ejercicio cuando lo observamos. Depende de lo que ese ejercicio consigue cambiar.
Quizá esa sea la distinción que deberíamos recordar la próxima vez que veamos un entrenamiento “específico” en redes sociales. En lugar de decidir inmediatamente si el ejercicio es bueno o malo, podríamos hacernos una pregunta mucho más útil:
¿Qué adaptación está intentando producir y por qué esa adaptación debería ayudar a este atleta a rendir mejor?
Si existe una respuesta clara, el ejercicio puede tener sentido aunque no se parezca demasiado al deporte. Si no podemos responderla, que el movimiento tenga un balón en las manos, una raqueta, un bate o reproduzca una posición competitiva no lo convierte automáticamente en específico.
Preparar a un atleta para su deporte nunca debería consistir en hacer que todo el entrenamiento parezca deporte.
Debería consistir en desarrollar las capacidades que necesita para que, cuando llegue el momento de competir, pueda hacer mejor aquello que realmente importa… jugarlo.
Más allá de lo que se ve
Tal vez el verdadero problema nunca fue el sport-specific training. Tampoco las bandas, los cables, los ejercicios tradicionales o las nuevas herramientas que aparecen constantemente en el mundo del performance. Para mi todas pueden tener un lugar cuando existe una razón para utilizarlas.
El desafío está en algo menos visible, el criterio con el que tomamos decisiones.
En una época en la que un ejercicio puede recorrer el mundo en segundos y ser reproducido miles de veces antes de que alguien pregunte por qué se está haciendo, resulta fácil confundir innovación con complejidad y especificidad con apariencia.
Pero preparar a un atleta exige algo más que encontrar ejercicios nuevos. Exige observar, cuestionar, medir cuando sea posible y, sobre todo, entender qué necesita la persona que tenemos delante.
Quizá los mejores programas nunca sean los que más impresionen cuando alguien los observa desde fuera. Serán aquellos en los que cada decisión tenga una intención, cada herramienta tenga un propósito y cada ejercicio forme parte de una estrategia que vaya mucho más allá de cómo se ve.
Al final, la diferencia no está en qué tan sofisticado parece el entrenamiento, sino en lo que consigue construir en el atleta, y es que el verdadero valor del trabajo realizado en el gimnasio solo se revela cuando el atleta ya no está en él, y es justo ahí, cuando comienza la competencia, que la apariencia deja de importar y solo queda aquello que el entrenamiento realmente fue capaz de preparar.
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